Presentación: Objetivo y metodología
Ejercicio de calentamiento: Abecegrama.
Escribir una narración con una secuencia de frases cuyas palabras, en la primera letra, sigan el orden del abecedario.
A modo de ejemplo leer el relato:
Reflexión inicial:
Cómo escribo
Por Ítalo Calvino
La mata
Tomás Carrasquilla
Vivía sola, completamente sola, en un cuarto estrecho y sombrío de cabo de barrio. Sus nexos sociales no pasaban de la compra, no siempre cotidiana, de pan y combustible, en algún ventorrillo cercano; del trato con su escasa clientela, y de sus entrevistas con el terrible dueño del tugurio. Este hombre implacable la amenazaba con arrojarla a la calle, cada vez que le faltase un ochavo siquiera del semanal arrendamiento. Y, como pocas veces completaba la suma, vivía pendiente de la amenaza.
Después de ensayar con varios oficios, vino a parar en
planchadora de parroquianos pobres; que para ricos no alcanzaban sus
habilidades. Faltábale trabajo con frecuencia, y entonces eran los ayunos al
traspaso. El hambre, con todo, no pudo lanzarla a la mendicidad.
Era uno de esos seres a quienes la rueda de la vida va
empujando al rodadero, sin alcanzar a despeñarlos. Más que vieja, estaba
maltrecha, averiada por la miseria y las borrascas juveniles. De aquella
hermosura soberana, que vio a sus plantas tantos adoradores, no le quedaba ni
un celaje. De sus haberes y preseas de los tiempos prósperos, sólo guardaba el
recuerdo doloroso. De aquel naufragio no había salvado más que el cargamento de
los desengaños.
Su historia, la de tantas infelices: de cualquier suburbio
vino, desde niña, a servir a la ciudad; pronto se abrió al sol de la mañana
aquella rosa incomparable, y... lo de siempre. ¡Pobre flor!
Dos hijos tuvo y fueron su tormento. El varón huyó de ella
y se fué lejos, no bien se sintió hombrecito. Su hija, un ángel del cielo, la
recogió el padre, a los primeros balbuceos, donde nunca supiese de su madre.
Ni un amigo ni una compañera le quedaban en su ocaso, a
ella que los tuvo sin cuento en su cenit; ni una palabra de conmiseración a
ella que oyera tantas lisonjas. Y, las pocas veces que imploró un socorro, de
algún bolsillo en otros tiempos suyo, no obtuvo ni siquiera una respuesta. El
desprecio de los unos, el desconocimiento de los otros, caían sobre ella como
la piedra mosaica sobre la hebrea infiel. La pobre mariposa, ya ciega, sin
esmaltes ni tornasoles, se recogió, en su espanto, para morir entre el polvo
abrigado de la gruta.
En su anonadamiento no pensaba en el cielo ni en la tierra;
no pensaba en nada que pudiera redimirla. ¡Qué iba a pensar la infeliz! Sólo
sentía el hambre de la bestia que ya no puede buscarse el alimento; sólo el
frío del ave enferma que no encuentra el nido.
El hambre material... ¡muy horrible, muy espantosa! Pero
esta otra del corazón; esta necesidad de un ser a quién amar, con quién
compartir la negra existencia; esta soledad de la vejez, no podía, no era capaz
de arrostrarla.
Consiguió un gato, un gato muy hermoso. Pero los gatos, lo
mismo que el amigo, huyen de las casas donde el hogar no arde. Dos veces tuvo
loro, y uno y otro murieron de inanición. Su desgracia les alcanza hasta a los
pobres animales. Si ella consiguiera una compañera que no comiese... pero,
¿cuándo?
Un día, al pasar por la calleja un carro con enseres de una
familia en mudanza, cayó junto a su puerta un tiesto con una planta. Como se
hiciera trizas, lo dejaron allí abandonado. Tomó ella la raíz, sembróla en un
cacharro desfondado y lo puso en un rincón, junto a la entrada.
Antes de un año era una planta que llamaba la atención de
los transeúntes. Regarla, quitarle las hojas secas, ponerle abono, era su
dicha; una dicha muy grande y muy extraña. Tan extraña, que siempre recordaba a
su hijita, las pocas veces que pudo peinarla y componerla. Le propusieron
comprársela a muy buen precio. ¿Vender ella su mata? ¡Si le parecía que era
persona como ella; que era algo suyo; que la acompañaba; que sabía lo que
pensaba! su cuchitril no se le hacía ya tan triste ni tan feo. Y la pobre,
autosugestionada por esta idea, ya ponía algún esmero en el aseo y arreglo del
cuartucho.
La planta iba creciendo a la sombra, como si Dios la
bendijese. Y Dios la bendecía, porque consolaba a un alma triste. Una día llegó
un brazo hasta el dintel, otro levantó un renuevo, otro se curvó en arco. Su
dueña entonces, clavó dos varas, amarró el tallo, y la guirnalda de brillante
follaje y de campánulas purpúreas se fue extendiendo, pomposa y exuberante,
hasta formar un dombo. Las gentes se paraban a contemplar tanta gentileza y
galanura. La pobre mujer, menos cohibida, mandaba entrar a los curiosos para
que viesen todo aquello. Hasta una señora muy lujosa entró un día.
Su mata la iba volviendo al trato con las gentes; le iba
dando nombre. Ya no se sentía tan despreciada ni tan abatida. Como ya podían
verla los extraños, no era tan descuidada en su vestido, y sacudía las paredes
y aderezaba sus pobres trebejos con el primor que en la miseria quepa. Día por
día iba aumentando el aseo. Tanta limpieza le atrajo más clientela y se hizo
célebre en el barrio. El cuarto de María Engracia se citaba como una tacita de
plata.
Una mañana entraron dos señoras a contemplar la mata.
Admiradas del aspecto de aquella vivienda mísera, que la pulcritud hacía
agradable, se deshicieron en elogios. Esa noche hizo lo que no hiciera desde
sus tiempos de servicio: rezó a la Virgen el rosario entero. Otro día sacó de
un baúl, donde se apolillaba en el olvido, un cuadrito de la Dolorosa. Colgólo
sobre su cabecera y le puso un ramo, el primero que cogía de la mata. Un
domingo fue a misa de alba.
Aquel espíritu, que parecía muerto, resucitaba. Tal lo
entendía ella. Todo era un milagro, un milagro que le hacía nuestro Padre Jesús
de Monserrate, por medio de la mata. Sí: El era. Recordó, entonces, que un
domingo, en sus tiempos tormentosos, al bajar del cerro con otras compañeras,
le había dejado una tarjeta, en la última estación. Recordaba todo, punto por
punto; su amiga Ana, que era muy instruida y muy tremenda, tomo un lápiz y puso
al pie del nombre de este modo: "Acuérdate de mí, que soy una triste
pecadora". Y todo esto, que tenía olvidado por completo, ¿por qué lo
recordaba ahora, como si lo estuviese presenciando? Pues, por milagro...
Al sábado siguiente se postraba ante un confesor. No fué
poco el pasmo de los vecinos cuando la vieron arrodillada en el comulgatorio
para recibir la Santa Forma. De ahí adelante llevó vida piadosa interior y
exteriormente. La mata, más lozana y florida cada día, llegó a ser para ella un
ser sobrenatural, enviado por Jesús de Monserrate para su enmienda y tutela.
Entre tanto se iba sintiendo muy enferma y quebrantada. Le
daban palpitaciones con frecuencia; con frecuencia se le iba el mundo, y más de
un vértigo la desvaneció en la iglesia. Presentía su fin muy próximo, pero sin
pena: antes bien con una dulce serenidad. ¡Si ella pudiera trasplantar su mata
sobre su sepultura!
Un día llegó furioso el dueño del cuartucho. Sólo a una
malvada como ella se le ocurría poner ese matorral, para tumbar el cuarto con
la humedad. Si no sacaba al punto aquella ociosidad la echaba a la calle con
todo y sus corotos.
Ella se pone a llorar, sin que piense ni en tocar la mata.
Por la tarde torna el hombre y arremete a bastonazos contra cacharro, flores y
follaje. Tira todo a la calle y hace sacar los muebles enseguida. María
Engracia se desploma, presa de un síncope. De allí la llevan para el hospital.
En sus delirios ve su mata frente a su cama, como el arco de triunfo para
entrar al paraíso. Y al amanecer de un domingo, cae para siempre en la red
infinita de la Misericordia.
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